Se llama Manuel. Tiene 74 años y vive con su hijo, su nuera y sus tres nietos. Hace una década que comenzó a olvidarse de cosas: nombres, fechas, no sabía donde había puesto las llaves que acababa de coger, ni su chaqueta… Unos lapsus que encendieron las alarmas de quienes se encontraban a su alrededor. Tras uno o dos años de descuidos, su memoria comenzó a flaquear seriamente. Diagnóstico: Alzheimer.
Al principio no necesitaba apenas ayuda, sólo del control de sus allegados para darle sus pastillas y orientarle en sus olvidos, pero con el paso del tiempo su dependencia se hizo total. Apenas puede andar, se le olvida tragar, pasa días enteros como si estuviera “fuera de cobertura” –así le dicen sus nietos cariñosamente- y en otros momentos se activa y vuelve al mundo real.
Ante ello, todos los miembros de la familia -matrimonio con tres hijos: dos adolescentes y un niño- aprendieron a convivir con la enfermedad y saben perfectamente cómo ayudar y tratar a su abuelito. Le levantan, le asean, le visten, le dan de desayunar, le sacan a pasear en su silla de ruedas, le hablan constantemente para sacarle una sonrisa o simplemente para que no se sienta solo. Si bien, hay momentos en los que, por más que lo intentan, su ayuda es insuficiente.
Cargar literalmente con el abuelo merma las fuerzas de su nuera, que padece ya problemas de espalda. Y lo peor de todo: llegó el momento en el que la mujer de la familia tuvo que dejar su trabajo para atender al padre de su marido, con lo que el hogar comenzó a pasar dificultades económicas.
La solución, aunque se hizo esperar, llegó: un Centro de Día para el abuelo. La familia no olvida lo que tuvo que luchar para conseguir una plaza: meses y meses de llamadas, de papeleo, de múltiples trámites administrativos y una gran espera, a pesar de que ya estaba activa la ley de dependencia. Pero, al final, se hizo la calma en este hogar: dos trabajos, el abuelo cuidado durante el día… ¡Todos tranquilos!
Este domingo fue el Día Mundial del Alzheimer, enfermedad con la que conviven las familias de unos 800.000 españoles. Con este testimonio real, se quiere lanzar un grito a la administraciones públicas para creen más centros de día y más residencias y eliminen tantos trámites y cuotas para acceder a estos recursos, que no son un capricho sino una necesidad.


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